
Mientras crece la expectativa por el regreso humano a la Luna, la próxima misión tripulada de la NASA tiene un objetivo decisivo en términos técnicos. Artemis II, prevista para principios de febrero de 2026, no llevará astronautas a la superficie lunar. Será, en cambio, el primer vuelo de una tripulación al entorno del satélite natural por primera vez desde el final del programa Apolo.
La misión enviará a cuatro astronautas a bordo de la nave Orion en un viaje de sobrevuelo alrededor de la Luna. Durante unos diez días, la cápsula recorrerá una trayectoria de espacio profundo que la llevará más lejos de la Tierra que cualquier vuelo tripulado en más de medio siglo. El foco estará puesto en comprobar, en condiciones reales, que todos los sistemas funcionen tal como fueron diseñados: soporte vital, navegación, comunicaciones, propulsión y protección térmica. También será la primera vez que el cohete Space Launch System opere con tripulación humana, un hito clave para el futuro del programa.
Desde la NASA remarcan que no se trata de una misión “de paso”, sino de una instancia crítica. “Antes de enviar astronautas a la superficie lunar, debemos demostrar que podemos llevarlos de forma segura hasta allí y traerlos de regreso”, señaló la agencia en su documentación oficial sobre Artemis II. El vuelo servirá para validar procedimientos, detectar fallas y ganar experiencia operativa en un entorno mucho más exigente que la órbita baja terrestre.

El programa tiene una ambición más amplia que repetir lo hecho en los años sesenta. El objetivo es establecer una presencia humana sostenida y usar esa experiencia como plataforma para misiones más lejanas, incluida la exploración tripulada de Marte en la próxima década. En ese esquema, cada misión cumple un rol específico dentro de una arquitectura escalonada, donde nada se deja librado al azar.
En paralelo al vuelo tripulado, otro componente avanza lejos del protagonismo mediático. Se trata del Blue Moon Mark 1, un módulo de descenso lunar desarrollado por la compañía Blue Origin como parte de la estrategia de la NASA para llevar carga a la superficie del satélite. Este sistema no participa de Artemis II, pero forma parte del mismo entramado tecnológico que permitirá, más adelante, el retorno de astronautas al suelo lunar.

Blue Moon Mark 1 es un vehículo no tripulado, diseñado para operar de manera autónoma y realizar descensos de alta precisión. Su función principal es transportar equipos, instrumentos y elementos de infraestructura. Según la empresa, el módulo podrá llevar hasta tres toneladas de carga y está pensado para ser lanzado por el cohete New Glenn, que, en la actualidad, está en desarrollo.
“La exploración sostenible de la Luna requiere empezar por la logística”, explicaron desde Blue Origin al presentar el proyecto. En ese sentido, el Mark 1 actúa como un demostrador tecnológico: prueba sistemas de propulsión, manejo de combustible criogénico, comunicaciones y aterrizaje controlado, todos elementos esenciales para futuras versiones que sí podrían transportar astronautas.
La división de tareas es clara. Artemis II se concentra en validar el vuelo humano en espacio profundo y sentar las bases operativas del programa. Blue Moon Mark 1, en cambio, apunta a preparar el terreno, literalmente, para lo que vendrá después. Recién cuando ambos caminos confluyan, la NASA podrá avanzar hacia nuevas misiones con alunizajes tripulados, previstas en fases posteriores del programa.
Así, lejos de la imagen romántica del primer paso sobre la Luna, la exploración avanza con una lógica más silenciosa y metódica. Cada sistema se prueba por separado, cada riesgo se reduce antes de dar el siguiente salto. Artemis II no llevará humanos a la superficie, pero será una de las piezas más importantes para ese momento.
Fuentes y fotos: NASA, Blue Origin