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Ese fue el título de una nota que nos envió a nuestra redacción, días antes de morir en un accidente aéreo, Martín Massonnat. En ella describía la importante labor que llevaban a cabo los integrantes del Escuadrón V de la IV Brigada Aérea de Mendoza.

El teniente Martín Massonnat amaba su trabajo, quizás como decía en el título, porque había visto atreverse a los cóndores que visitaban las altas cumbres cada día. Entendía además, que las capacidades del tipo de máquinas que volaba, debían aprovecharse en beneficio de otras organizaciones de servicio. Y tanto fue así, que nos describió el trabajo que realizaron para el Instituto Argentino de Nivología y Glaciología (IANIGLA).

Massonatt volaba los helicópteros de origen francés Aérospatiales SA-315 Lama, aptas para el vuelo a gran altura. Apasionado por la actividad, disfrutaba además cuando realizaban los vuelos exploratorios al Ventisquero Alto del Plomo, el glaciar que se encuentra a 3 200 m sobre el nivel del mar, al pie del cerro Nevado. Nos contó de cuando se instaló allí un refugio para el personal que trabajaba en forma permanente en el lugar, del traslado no solo de las personas sino del transporte de materiales para que pudiera funcionar. Sabía que el helicóptero era imprescindible para la operación y de las dificultades del transporte de la carga, ya que eran frecuentes la existencia de turbulencias severas, vientos fuera de norma y cortantes orográficas. Por ello, nos comentó cómo se llevaría la carga y cómo fue el trabajo en equipo. Sobre el vuelo en estos lugares comentó: “los pilotos de helicópteros de alta montaña, gozan del privilegio excepcional que no le es dado al hombre corriente: poder llegar a lugares desconocidos y ocultos de nuestro suelo y contemplar maravillas que desafían la habilidad para describirlas. Es común entonces, decía, que el hombre alado por obra de la tecnología se sienta transportado a un mundo místico, más allá de lo mundano y más próximo a Dios. Qui legit, intelligat. Qui potest capere, capiat*”.
El 27 de agosto de 1986 perdió la vida, en las proximidades del cerro El Plata. Sus restos descansan en el “Cementerio de los Andinistas”, tal como alguna vez había pedido, un predio al costado de la ruta que une Mendoza con Santiago de Chile, a 1 500 m de Puente del Inca.
Martín Massonatt no está solo, lo acompañan los cóndores que como él, se atreven a volar las montañas.

*Quién lee, entienda. Quién pueda comprender, comprenda. (Mateo XXIV 15,XIX 12)

 

 

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